Carrera de sacos, la gallinita ciega, y el palo encebao en el escenario de las reformas

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Por: Juan Manuel Garcia

¿Por qué la diezmada fuerza de la oposición no quiere sentarse a poner y contraponer pareceres con Luis Abinader, el presidente reelecto, en busca de fórmulas para solucionar lo que todos saben y dicen que hay que solucionar?

¿Dónde nacen los temores al enfrentar a un gobernante exitoso a pesar de todas las trapisondas?

Para llegar a la Presidencia, sin experiencia administrativa, sin fuerza política suficiente, otros fueron soportados por un Joaquín Balaguer, el dictador ilustrado y de conciencia sinuosa que deseaba extender los últimos daños a la población que salía del sátrapa Rafael Trujillo.

¿Qué se esconde, ahora, tras la conducta de renuencia? ¿No se tienen respuestas, o las que se tienen son inconfesables?

Muchos han acumulado montones de preguntas a las que deben muchas respuestas que ojalá puedan tenerlas antes de salir del difuso horizonte en que se encuentran atrapados.

Abinader ya empezó a exponer: son doce las propuestas. Una docena de reformas para fortalecer el ejercicio de la democracia. Luego vendrán los detalles y las explicaciones para que todos entiendan. Sobre todo, quienes más necesitan entender, la gente común.

Hay sabihondos de la política, como se creen que cuentan con sus fuerzas de siempre. Además, creen que son líderes de gente con recursos acumulados durante toda la historia del país, pero que no dan la cara, sino a través de intermediarios políticos útiles y oportunos.

Leonel Fernández, por poner un ejemplo, dice que apoyará la reforma fiscal sólo si favorece a los más pobres. Alega que todavía no conoce el contenido de la iniciativa del gobierno de Luis Abinader. Y es verdad. No s e trata de una reforma fiscal, sino de una reforma fiscal, sino de una reforma global, institucional. Es un paquete de doce instrumentos a desbrozar.

Abinader le ha tendido la alfombra, a pesar de ir a la velocidad del rayo de la diafanidad en que soporta sus éxitos.

Alguien podría creer, en su estulticia que, al meterse en una reforma fiscal-cuasi fiscal, en el marco de todo lo que debe reformarse en este país, el actual gobierno con Abinader a la cabeza, esté pensando que se trata de una carrera de sacos, del juego de la gallinita ciega, o de subirse a un palo encebao.

¿No sabe el gobierno, como lo plantean las firmas calificadoras que las reformas son cruciales para que el país mejore su calificación crediticia? Claro que lo sabe, y está llamando a todos para explicarles y saber si los otros también lo saben.

Todos los economistas del país coinciden en que se impone una reforma fiscal y tributaria. Y apuntan hacia las deficiencias, para lograrla: la desgracia del sector eléctrico incorregible en sus pérdidas, que continúen las alzas en los precios de la comida y otros bienes. La necesidad de lograr nuevas inversiones en el país o traerlas desde el extranjero. Y cortar, aunque sea algunos tentáculos al inveterado pulpo de las evasiones fiscales y la corrupción administrativa.

Abinader busca un pacto con tacto. Y otros pactos han fracasado por la abulia de quienes siempre exigen pactos.

Los pobres, la carne de cañón, siempre serán una excusa para los opositores de oficio.

Pero todo eso es verdad sabida. Durante la campaña de las recientes elecciones la demagogia de todo tipo lanzó innúmeras fórmulas de solución. Ahora, llegó la oportunidad de desbrozar esas y todas las fórmulas.

Sobre todo, lograr que los pobres y todo el mundo entiendan todo eso. Que no se trata de una carrera de sacos, ni de subir a un palo encebao. No es juego de la gallinita ciega. Tal vez, de un juego de gallos con los zapatones bien puestos, después del traqueo de las monas bien topadas.

El paquete de doce está casi listo. Y va.


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