Careos y debates preelectorales; padre Láutico, Bosch, Abinader, y demás

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Por: Juan Manuel Garcia

Ahora, cuando se plantea un debate o careo entre aspirantes a la Presidencia, resulta interesante recordar algunas similitudes con aquel debate en que Juan Bosch terminó reconociendo que era tan revolucionario como los socialcristianos.

Juan Bosch fue traído al país, tras permanecer fuera, casi 25 años. Antes de su llegada, el 5 de julio de 1962, le precedieron los dirigentes políticos líderes en el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) Ángel Miolán, Nicolás Solfa y Ramón Castillo, los tres exiliados que como Bosch regresaban con el interés fundamental de instituir, al frente de su agrupación, una democracia política en la República Dominicana.

Un mes después de la llegada de ese grupo y de otros exiliados anti trujillistas, se realizarían las primeras elecciones presidenciales y de todo el aparato del sistema democrático, para instalarse en el gobierno y manejar las instituciones del Estado Dominicano.

Tres días antes de esos comicios, dos hombres escenificarían durante más de tres horas en televisión, un debate, un careo, que reflejaría una contradicción en un momento crucial: el candidato presidencial Juan Bosch tenía la responsabilidad de exponer en ese debate personalizado, lo que traían él, el PRD, y su dirigencia en términos ideológicos, para manejarse como relevo del tirano Rafael Trujillo.

Del otro lado, el sacerdote jesuita Láutico García, un comunicador social, doctor en la Historia de la Iglesia, profesor de historia en el Seminario Santo Tomás de Aquino, y promotor radiofónico, quería que Bosch aclarara si era marxista, o comunista, como decían muchos, y parte de la membresía de la Iglesia Católica.

En los libros que tocan el suceso que significó este debate, escritos por sacerdotes, apenas se alude al mismo, como un incidente al final de una campaña electoral. Otros, sin embargo, al cabo del tiempo, han magnificado este hecho queriendo significar que fue la culminación de un esfuerzo retardatario de la Iglesia Católica, junto a grupos de derecha, para entorpecer la elección de Bosch como presidente del país.

Hay que verlo, sin embargo, como un incidente político a la altura de la personalidad de Juan Bosch. Un hecho más. Pero que, según la tradicional característica de Bosch, estuvo a punto de frustrar el proceso electoral, ya que en nombre del PRD que lo postulaba, Bosch exigió que la Iglesia Católica retirara un calificativo de marxista o comunista, que de manera un tanto irracional, sacerdotes y voces ligadas a la religión, le endilgaban, junto a los opositores políticos y partidistas a su candidatura. Irracional, decimos, porque  hay que ver las características y la coyuntura de la Iglesia Católica, al tener que manejar la cúpula de ese sector en ese momento, con perfiles coyunturales y de tránsito.

Láutico García
Padre Láutico García

Bosch nunca entendió a la Iglesia Católica, ni los enfrentamientos de esta institución con el gobierno del Tirano. Tres días antes de los comicios en que se elegiría a Bosch, el 17 de diciembre de 1962, la Iglesia se vería envuelta en una situación indeseable. Un cura jesuita exigiendo a quien se vislumbraba sería el nuevo presidente electo, tras la caída de Trujillo, que dijera si el marxismo-leninismo era o no era lo mismo que comunismo, y su concepto sobre la toma del poder a través de una revolución.

Era una Iglesia que acababa de recibir el impacto de los numerosos religiosos de ambos sexos que fueron irradiados por la revolución cubana y el régimen surgido de esa revolución. Muchos de esos religiosos empezaron a radicarse para sus labores, en el país. En el contexto que se vivía, tal cuestionamiento lucía como una irracionalidad.

Bosch, con su estilo inusitado, estaba protagonizando el desconcierto ante la definición política que se le exigía. Bosch había sido arrojado a un ambiente que le era desconocido desde hacía más de dos décadas y debía desempeñar el rol del nuevo regente de una democracia que exigiría más que palabras, decisiones y temple inteligente de líder probado.

Bosch, como durante toda su vida, llegó peleando con todo el mundo. No sabía de los pleitos de la Iglesia frente a Trujillo. No sabía de los pleitos de los anti trujillistas de la Unión Cívica y don Viriato Fiallo y su familia. Bosch vino desconectado de todo.

El cura Láutico, por demás, debía de sentirse autorizado a exigir una definición, concluido, ya, el proceso de enfrentamiento con un régimen que había sido decapitado por una fuerza poderosa: los norteamericanos.

Realmente, hacía meses que en el país tenía vigencia un debate de ideas cruzadas sobre temas de la campaña electoral. El artículo del jesuita Láutico García y su cuestionamiento, vendría siendo parte de ese debate que llegaba, apenas 8 días antes de las elecciones. Lo que se pedía a Bosch era que dijera si era “marxista-leninista”, o “comunista”. El debate sería el 17 de diciembre, cinco días después. Pero había debate sobre el tema, desde el 5 de julio de 1961, cuando ingresaron los primeros dirigentes del PRD que vivían en el exilio. Bosch no llegó con ese primer grupo. Todo el que tenía influencia en la sociedad dominicana sabía que el Departamento de Estado de Estados Unidos, afanaba, con reuniones en el país y en Washington, en busca de un heredero para Trujillo que fuera del agrado de ellos. Sólo que los herederos de Trujillo y de la tiranía, únicamente tenían en la mente la forma en que se repartirían el poder material dejado por Trujillo y sus congéneres, incluida su familia. No estaban preparados, ni les interesaba la lucha política. Ese lugar era para los exiliados que lo entendieron así y hubo que darles su espacio.

Los norteamericanos también exigían. Y su exigencia consistía en poner a prueba a ese que sería nuevo gobierno, para comprobar que no estaba inclinado a reproducir lo que estaba sucediendo en Cuba. Cuestión de intereses geopolíticos. Bosch nunca entendió eso. Ese era un interés fundamental que se entrecruzaba con otros, no tan mayores, en la madeja que se tejía en ese momento en el país, en el marco de la coyuntura internacional.

¿Podría Bosch salir airoso, dada su personalidad, de todo este engranaje nacional, del que estaba falto de vivencia cercana, desde hacía más de dos décadas?

Aquel careo era un incidente preelectoral, y nada más.

Se vio cuando el careo famoso terminó con un Bosch aceptando que la revolución del PRD sería igual a la de los socialcristianos alojados en el PRSC, grupo que también acudía a esas elecciones, como partido minoritario recién formado, tras la muerte de Trujillo.

Al exigir Láutico que Bosch dijera si en su artículo se incluía él como revolucionario, Bosch abandonó la pose de que era un político científico. Reconoció que “soy un escritor que estoy haciendo juicios sobre hechos históricos a lo largo de la historia…” Y negaba con insistencia que esas ideas del viejo artículo publicado por su amigo Julio César Martínez, en la revista Renovación constituyese una filosofía de gobierno.

Profesor Juan Bosch

Y aquí parece está la esencia del enredo en que hicieron caer a Bosch quienes decidieron publicar esos artículos que él había difundido  con su firma hacía más de dos años, mientras vivía en el exterior como exiliado. Nunca debió de ocurrir así, durante ese proceso que exigía tantas definiciones en medio de tantas confusiones. Se obviaba, al proceder así, que quienes precedieron a Bosch, en su retorno del exilio, ya muerto Trujillo, Miolán, Silfa y Castillo, trajeron en sus maletas los documentos suficientes que ya estaban legalizados ante la Junta Central Electoral, y que constituían los fundamentos de la revolución democrática representativa que empujaba la campaña y a Bosch, hacia la presidencia del país. No lo que Bosch pudo haber escrito por paga, hacía años.

Pero Bosch, por una razón que entendemos se debía a la constitución de su personalidad, había hecho de todo aquello un pleito personal. Y no podía ser de otra manera, porque Bosch se vio obligado a defender, ante Láutico García, la Iglesia en pleno, la teleaudiencia de ese programa que monto Salvador Pitaluga, y ante toda la población, incluso, sus enemigos que seguían con pasión y en actitud de pugnar al máximo, todo un proceso eleccionario, de por sí, llamado a ser contradictorio.

Cuando el cura García lo lleva a precisar que para hacer un gobierno revolucionario hay que ejercer la violencia, naturaleza del nacimiento de ese gobierno, si “su partido, que se califica de revolucionario, ¿con qué revolución trabaja?”

Y Bosch, haciendo un esfuerzo, respira y dice: “Padre, nosotros trabajamos con la misma revolución con que trabaja, en ese concepto, el Partido Revolucionario Social Cristiano”.

“Muy interesante…,” concluía el padre García. “Creo que la nación entera estará muy contenta de oír que el PRD, en cuanto a revolución, no es esta revolución (mostrando una copia del artículo “Gobierno y agitación”), sino que es una revolución semejante o igual, dice Ud., ¿no?, semejante o igual a la del Partido…”

Bosch no lo dejó terminar pronunciando el nombre del Revolucionario Socialcristiano, sino que lo cortó para decir: “el mismo tipo de revolución, por cuanto es una revolución que es legal, una revolución con la ley, una revolución en las ideas, una revolución en los conceptos”.

Láutico le dijo en forma concluyente y definitiva: “Perfectamente. Entonces, en virtud de esta declaración última que Ud. me acaba de hacer, yo no tengo ya ningún calificativo de marxista-leninista para Ud. porque esto (mostrando de nuevo la fotostática del artículo “Gobierno y agitación”) no está vinculado a su persona en este mismo momento”.

Y Bosch, concluyó: “¡Muchas gracias!”.

Y así, según las transcripciones disponibles, terminó todo. El resultado del careo quedaba a expensa de lo que publicaran periódicos y opinantes, al día siguiente.

Y todo finalizaría, en su primera parte, con la elección de Juan Bosch como presidente de la República Dominicana, para durar en el puesto, no más de siete meses, cuando los militares trujillistas lo hicieron preso en su mismo Palacio de Gobierno.


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